Vanessa

Vanessa se puso su colorido vestido africano para la fiesta islámica de Tabaski – Celebración del Sacrificio. Aunque su marido es de Senegal, ambos acordaron compartir diferentes costumbres que varían entre sus países. De hecho, desde que recuerda, Vanessa siempre ha tratado de buscar similaridades en lugar de diferencias.

“He vivido en Narón, España toda mi vida. Las injusticias presentes en nuestro mundo me han molestado desde siempre. Cuando era pequeña, recuerdo que les pedía a mis padres que me compraran muñecas negras porque me gustaba mucho la piel negra y solía enfadarme con quienes miraban con desprecio a las personas con diferente color de piel”.

Hace más de catorce años, unos senagaleses llegaron a Narón en busca de trabajo. No tenían ninguna documentación válida y trabajaban en la calle vendiendo flores, zapatos y varios artículos. Vanessa siempre caminaba por la calle y se detenía para charlar con ellos o comprar sus productos.

“Quería entablar una conversación con ellos, al contrario de lo que hacían otras personas. Así es como conocí a mi marido. Junto a otros chicos senagaleses vivía en el barrio y yo siempre los encontraba en la calle, en cafés o en un supermercado. Me trataban como a una amiga, me pedían consejos o incluso me invitaban a su casa (como una forma de agradecer) “.

Vanessa y su esposo fueron amigos durante 2 años. Poco a poco empezaron a enamorarse uno del otro. Sin embargo, como admite Vanessa, el proceso en su cabeza era bastante complicado e inseguro.

“Aunque no soy racista ni tengo ningún tipo de prejuicio, inconscientemente creía un poco en lo que me decía la sociedad en la que crecí. Tener que decirle a mi familia que me enamoré de un hombre negro fue difícil. En los años 60, mi padre formó parte del servicio militar y tuvo que luchar contra los marroquíes en el Sahara Occidental. Evidentemente estaba defendiendo a España, pero el recuerdo de “los moros”, como solía llamarlos, permaneció. Tenía mucho miedo de hablar sobre mi relación con él. Al principio, se lo conté a mi madre y ella me apoyó mucho. Fuimos de compras, compramos un par de sábanas y ropa para mi novio y para poder mudarme a vivir con él”.

En ese momento, Vanessa tenía 30 años. Durante los siguientes 5 meses, no le dijo nada a su padre. Cuando finalmente decidió decir la verdad, su padre estaba todo menos sorprendido. “¿Por qué no me lo dijiste antes?”. Habló sobre su miedo a ser rechazada, pero rápidamente se dio cuenta de que lo más importante para sus padres era ver feliz a su hija.

“Nos convertimos en una pareja de hecho. Mi esposo no me pidió eso, pero quería ayudarlo con los papeles. Honestamente, lo hubiera hecho por uno de estos chicos aquí si no me hubiera enamorado de mi esposo. Porque no os imagináis lo difícil que es conseguir la documentación adecuada. Si no es por pareja de hecho, ¡tienes que pasar al menos 3 años en España! Tres años aquí sin derecho a trabajar legalmente y ganarse la vida. Ésa es la razón por la que los hombres se dedican a la venta ambulante”.

El marido de Vanessa llegó a Canarias en barco. Permaneció en la Cruz Roja durante 45 días (el tiempo máximo permitido), después de lo cual debería haber sido repatriado si hubiera llegado el avión adecuado. Sin embargo, al final la organización le dejó ir a Valencia y luego a Galicia.

“Había mucho racismo en Valencia, pero no aquí. En Valencia la gente llamaba a mi marido “negro de mierda”. Cuando caminaba por la calle, la gente llamaba a la policía. Antes de casarse, mi marido vendía zapatos, lo que técnicamente es ilegal. Pero tenía que ganarse la vida – no robaba. Si no le permitían firmar ningún contrato sin papeles, ¿qué más podía haber hecho? Aquí en Galicia un policía se tomaba un café junto a mi marido a pesar de que conocía su falta de documentación”.

Hace más de 5 años, la pareja logró solucionar el problema de la documentación. Alquilaron un apartamento juntos y Vanessa le dijo a su esposo que continuara su educación. La ESO (educación secundaria obligatoria) que completó en Senegal no es válida en Europa. Así que hizo la ESO aquí y después un ciclo – una formación profesional de carpintería. Finalmente, su esposo comenzó a trabajar en el astillero mientras que Vanessa es asistente de enfermería y trabajaba con personas mayores.

Vanessa se casó legalmente hace 2 años. Ella no tuvo que convertirse al Islam por el hecho de que el hombre musulmán puede casarse con una mujer de origen cristiano (no al contrario). Son muchas las costumbres y hábitos que la pareja ha tenido que aprender y aceptar. Vanessa bebe vino y fuma de vez en cuando, lo contrario de su marido al que no se le permite.

“Nos casamos y bueno, aquí estamos. Sin hijos y sin otras esposas. Soy su única mujer y esta es la condición que pongo. Soy española y personalmente no entiendo la poligamia. Cuando comienzas una relación con un senegalés, hay ciertas cosas que debes preguntar. Es musulmán, que significa que posiblemente podría tener 2,3,4 esposas. Llevamos 10 años juntos y yo siempre he sido la única.

Desde 2012 no puedo trabajar por mi problema de salud. Tengo dos enfermedades graves, por eso estoy jubilada. Lamentablemente, nunca he podido visitar Senegal. Allí hay demasiado sol y calor que tengo que evitar. Sin embargo, a menudo hablamos con la familia de mi esposo por teléfono. Aprendí algunas frases en idioma wolof y les mostré mi traje tradicional senegalés. Ahora me gustaría ir a Polonia porque me caéis muy bien” (las entrevistadoras son de ese país)

Ahora Vanessa está intentando convencer a su marido que pida la nacionalidad española. Solicitar la nacionalidad puede ser un proceso complicado incluso para una pareja casada. Durante la entrevista, debe probarse que el matrimonio no fue concertado por razones económicas. Por supuesto, Vanessa y su marido ya habían sido pareja de hecho durante siete años antes, así que “tenía que ser amor”, como ella dice.

¿Cuál es la cosa más importante en tu vida?

¡Esa es una pregunta emocionante! Quizás soy un poco delicada, pero lo más importante para mí es tener cerca a las personas que amas. Perdí a mis padres recientemente y ahora solo tengo a mi esposo y mis hermanos. Y amigos, por supuesto. Estoy feliz con mi esposo pero, sin mis padres, no es lo mismo.

Y lo que más me importa en la vida son los valores. Que los valores no se pierdan. El respeto a los demás, la lucha por un mundo más justo, por reducir las diferencias sociales como muy ricos y muy pobres. Soy de esa clase de persona que mira la tele y a veces mi marido tiene que apagarla porque me pongo a llorar. Tengo que llorar. Tengo que llorar porque no soporto que pasen tantas cosas malas. No entiendo la mayoría de ellas, lo juro. Muchas veces le digo a mi esposo “¡No encajo en este mundo!” No soy mejor que nadie, juro por Dios que no me considero mejor que nadie. Pero al ver que pasan esas cosas: el desprecio, el asesinatos, violaciones…

¿Cual es el punto? Seas negro, blanco, asiático, africano o estadounidense, si me corto y tú te cortas, ambos compartimos la misma sangre roja. Mueres y tu muerte vale lo mismo que la mía. Entonces, ¿qué me haría feliz? Ver justicia. Y tener cerca a mis seres queridos.

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